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Era tan tonto que a veces le daban ataques de felicidad y la risa le burbujeaba en la cara mientras la alegría se dispersaba por todo el cuerpo como una mancha de aceite y le bailoteaban las piernas y los brazos como a un títere.

Era tan tonto que se encargaba de todo, hasta de lo que nadie le pedía que hiciera.

Un día se levantó temprano, casi con la mañana, para ir a avisarle a Dios que se había olvidado de poner al sol en su sitio. No había caminado ni una cuadra cuando se enteró que la lluvia le mojaba la ropa y le dio vergüenza mientras levantaba la cabeza hasta que la resolana se le sentó en los ojos. Un ratito después, El le regaló un arco iris para que pudiera pintar las cosas con los colores.

El tonto se puso manos a la obra para sacarle los grises a todas las cosas, hasta que se le terminaron las rayas que Dios le había pintado al cielo.

Se recostó a descansar en el pasto verde lleno de flores rojas y violetas, debajo de un cielo azul con un
sol suculento y amarillo que hacía brillar las naranjas en los árboles.

Tanta tarea le había dado hambre y antes que se hiciera más tarde decidió ir a casa de alguno de los vecinos del pueblo que siempre le daban de comer y casi nunca protestaban pero se acordó que últimamente sí protestaban y le daban de comer cada vez menos porque estaba yendo demasiadas veces a algunas casas.

Caminaba apurado por la ruta porque era casi mediodía y la panza le sonaba cada vez más fuerte porque el hambre le avisaba y el tonto no sabía cómo hacer para conseguir un plato de comida.

Una camioneta le pasó tan cerca que casi lo atropella. Por esquivarlo a último momento, dio un barquinazo y de la caja saltó una bolsa de arpillera que al caer contra el pavimento desparramó un pan enorme, queso, frutas y hasta un tarro grande de dulce de leche. El tonto dudó un segundo antes de animarse a recoger el inesperado regalo. Dudó un poco hasta que el hambre le empujó la espalda, le abrió las manos y le dio fuerza a los brazos para recoger las cosas y acomodarlas de nuevo dentro de la bolsa y fue el hambre el que le dio vida a las piernas para salir corriendo a esconderse y poder comer tranquilo sin que nadie lo moleste ni le pida que devuelva la bolsa de arpillera llena.

Se quedó detrás de un árbol de tronco enorme al costado del camino, sacó las cosas de la bolsa y comió hasta hartarse. Al tarro de dulce de leche se lo devoró usando los dedos como cuchara. Entonces levantó las manos y las abejas se encargaron de llevarse las sobras.

Apoyó la cabeza contra el tronco del árbol para dormir una siesta. No se dio cuenta que con el alboroto que había armado, una víbora recién despertada por el ruido y de bastante mal humor, se acercaba para morderlo.

Sintió que se le clavaba algo que parecía un cuchillo hirviendo en el empeine. El dolor le llenó la pierna y a más dolía, más se hinchaba. El pie se ponía morado y la piel le brillaba como si fuera de plástico.

El tonto que era tonto pero no tan tonto como para no saber que se estaba muriendo, lo miró a Dios para que estuviera atento y no se distrajera de nuevo, como recién.

Una nube con forma de mano lo levantó del piso y lo puso en un bolsillo del cielo que lloró unas cuantas gotas hasta que le volvió el azul.

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