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                Ana estaba sentada en el andén con las piernas juntas y los ojos arrugados para poder mirar más lejos. Esperaba que no fuera cierto lo que se decía en el pueblo, que los trenes se habían acabado para siempre y ahuyentaba de su cabeza la imagen de las vías oxidadas y con los yuyos altos sin que ni siquiera el eco de los viejos traqueteos fuera capaz de vibrar dentro del acero de los rieles y a la vez soñaba con la máquina a vapor resoplando en cada una de las pendientes camino a la ciudad. Ana se iba mezclando con la gente de los vagones donde el frío entraba como puñalada por las rendijas de los costados y se veía como si fuera ayer en la falda de su madre mirando por la ventanilla con persianas de madera el campo huidizo y gordo de tanto verde.

                Escuchaba clarito el ruido de las botellas de gaseosa chocándose en carrito de metal del camarero que parecía un bailarín esquivando a toda esa gente apiñada en los pasillos de los coches de segunda, con asiento de madera parecido a las persianas, con el barniz descascarado y lleno de lastimaduras en forma corazones, de nombres, de lugares y de cosas escritas que la gente iba dejando a fuerza de clavo y paciencia. Leía de nuevo los asientos con su curiosidad de niña mientras sentía nítido en el fondo de la boca el gusto a queso de los sándwiches de queso del tren, gusto a queso con un dejo a manteca dentro de un pan pesado, con miga apiñada y cáscara dura y dorada.

                Ana caminaba de una punta a la otra del andén y de a ratos se deba cuenta que era cierto. Los trenes se habían acabado para siempre y miraba ese reloj redondo y verde que siempre había atrasado diez minutos a pesar de que todo el pueblo le decía a don Jaime, el jefe de la estación que era su padrino, por lo menos hasta ayer a la tardecita porque ayer a la tardecita el padrino de Ana se fue detrás de la pena y de tanto irse, se murió. Todo el mundo le decía a don Jaime que el reloj atrasaba diez minutos y don Jaime sonreía de a poco como si supiera que no estaba mal un reloj atrasando toda una vida diez minutos y diez minutos más pueden servir para que el dolor no sea tan brutal ni tan definitivo aunque lo mismo llegue para quedarse.

                Don Jaime se murió de pena y eso comentaban todos en el pueblo que la pena se le había trancado en el pecho hasta que no lo dejó respirar más y Ana se quedaba quieta para dejar que el viento que volaba bajito a esa hora, le mezclara la falda oscura con la noche que iba naciendo. Esa falda larga y negra que le llegaba casi a los tobillos y que se desplegaba por el aire con cada ráfaga caliente y seca, al mismo tiempo que la arena le hacía cosquillas en las piernas.

                Ana se volvió a la casa con el bolso a cuestas y la caja pesada de cartón atada con dos vueltas de hilo sisal que le hacía doler los dedos de la mano. No había trenes. Ella quería, necesitaba que le doliera, pero no sentía nada. No le llegaban noticias de la pena. No sentía ni siquiera el olor a humo que entraba a baldazos por las ventanillas de los vagones en cada subida camino a la ciudad, ni el pito tosedor de la vieja locomotora que a las cinco de la tarde en punto que eran las cinco y diez en el reloj de la estación, se despedía del pueblo, tres veces por semana, después de robarle un poco de gente que cada vez tardaba más tiempo en volver, si es que volvía. No podía escuchar esa campana opaca con la piola demasiado corta para que los changuitos no la tocaran a cada rato haciéndolo renegar a  don Jaime. En una de esas, la campana de piola corta, los trenes y su padrino habían decidido irse detrás de la pena hasta la muerte.

                De golpe se le apareció la ciudad dentro de los ojos, como a caballo de un sueño. La cuidad repleta de luces a las nueve en punto de la noche, justo después de que se terminara la última subida, justo en la cumbre del último cerro, justo antes de empezar la pendiente de bajada y le subió de nuevo como tantas veces antes esa cosa que le viboreaba en el pecho y en la boca del estómago como un remolino apenas empezaban a chirriar los frenos y entraba el primer humo negro a los vagones.

                Subió al colectivo. La gente del pueblo estaba contenta porque decía que la ciudad estaba ahora mucho más a mano, más cerca y no había tantos retrasos como antes. Era mucho más cómodo viajar en esos asientos blandos que se reclinaban para poder dormir de un tirón durante todo el viaje. Nunca más asientos de madera parecidos a las persianas. Duros y derechos. En el colectivo servían café o gaseosa, daban dos alfajores chiquitos o dos sándwiches que no eran de queso sino de una cosa rosada sin gusto. La miga del pan se desarmaba antes de llegar a la boca. Unos veinte minutos después de salir del pueblo, ponían una película en colores y Ana se mareaba si trataba de mirar el televisor de pantalla demasiado chica y demasiado lejos para su ojos acostumbrados a las luces y a las sombras de todos los días.

Ana no podía ver la tele y de tanto no ver nada se fue llenando con el campo que pasaba por los costados del vagón de segunda con asientos de madera parecidos a las persianas, del frío que se colaba por las rendijas de las ventanillas, de los baldazos de humo que entraban por todas partes en cada una de las subidas, del traqueteo rítmico de las ruedas de acero sobre los rieles, de la danza del camarero con sus sándwiches de queso con pan que era pan y queso que era queso y manteca que era manteca  y de la ciudad tirando luces al cielo a las nueve de la noche.

                Apenas se bajó del colectivo, se enteró que en la ciudad estaban enterrados los trenes pero no se animó a ir a visitarlos porque no tenía plata para llevarles flores y me voy a largar a llorar como buena tonta que soy y acá no conozco a nadie y qué va a decir la gente. Van a creer que estoy loca y le subió de nuevo por el pecho esa cosa que le subía cuando chirriaban los frenos y se tomó de vuelta el colectivo al pueblo. No pudo llorar por los trenes muertos.

                Ana está sentada en el banco de madera del andén que cada día tiene menos tablas. Ya no está la campana y el pueblo se va encogiendo todos los días un poco. Ana tiene cada día menos calles y ya no están los trenes para llevarla lejos antes de que el pueblo se vaya del todo y para siempre detrás de la pena o detrás de los trenes que vendría a ser lo mismo.

 
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2 pensamientos en “Trenes

  1. Qué emotivo!!!! Me hizo emocionar mucho este relato y ni que hablar la imagen, tan cruda. Qué medio de transporte el tren!!!! No se merecía el desprecio, el desaire y la ignorancia. Es increíble que con toda la infraestructura montada (estaciones, vías, etc.) “lloremos” por lo que fue y no podamos hacer nada para que cambie.

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