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Una mañana, el mono Camilo se acercó a la casa de la señora Gómez. Esperó pacientemente escondido entre las ramas a que ella volviera a entrar después de haber sacado a la ventana el pastel de frutos rojos recién hecho para que se enfriara un poco.
La señora Gómez era ya muy anciana y vivía sola en su hermosa casita de madera, en un claro de la selva. Le gustaba hacer pasteles, a veces de frutos rojos, otras veces de duraznos o de manzanas. Como trabajaba cantando con una voz aguda y melodiosa, cada uno de los pasteles tenía una música diferente que se disolvía en la boca al comerlos.
Siempre había un pastel sabroso y tibio en la casa de la señora Gómez que era un poco la abuela de todos los niños de los alrededores que a la hora de la merienda iban llegando uno a uno por su pedazo de pastel y un niño se quedó sin su rebanada.
Camilo era nuevo en esa parte de la selva y había llegado a esa casita atraído por el olor inconfundible del pastel recién hecho. Desde donde estaba escondido podía verlo, dorado, con unos agujeritos por donde salía un relleno rojo que invitaba a darle una probadita.
No pudo esperar más y cuando la Señora Gómez entró a la casa, Camilo salió de su escondite y en un solo movimiento, sacó el pastel de la ventana y con un par de bocados, todavía tibio, se lo comió. Se dio unos golpecitos en la panza llena y volvió a su árbol de la selva para dormir una siesta porque le había entrado la modorra después de comer tanto.
Se despertó con el aroma a chocolate caliente y a pastel recién horneado. No pudo con su curiosidad y se acercó a la ventana. Ni la Señora Gómez ni los niños podían descubrirlo porque era muy pequeño y su pelaje tenía un color muy parecido, casi igual al de las maderas con que estaba hecha la casita, así que pudo espiar tranquilo desde la ventana.
No podía creer lo que veía. Una jarra enorme de chocolate volaba por la sala y llenaba una y otra vez las tazas de los niños sin que se acabara.la jarra siempre estaba llena. Vio un cuchillo de sierra y una palita que cortaban trozos y trozos de pastel de frutos rojos, de duraznos y de manzanas y cada rebanada nacía de nuevo en el pastel. Todos comían y tomaban chocolate hasta quedar panzones, se reían y jugaban mientras la Señora Gómez, sentada en su mecedora, los miraba como abrigándolos.
Pasá, Camilo, debes querer un pedacito de pastel y una taza de chocolate, dijo la Señora Gómez que en un instante había salido sin que el monito se diera cuenta y se había puesto detrás de él. Camilo se asustó por un momento, pero la cara de buena de la viejita le dio confianza y entró a la sala donde los niños se pusieron a jugar con él.
Desde ese día, todas las tardes, a la hora de la merienda, Camilo es el encargado de abrir la puerta de la casa de la Señora Gómez a todos los niños de los alrededores que no tienen donde tomar chocolate y comer pastel hasta quedar panzones.

El mundo necesita la magia del chocolate y el pastel recién horneado para que la realidad de los niños con hambre sólo sea un mal recuerdo
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