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Si no le hubiera gustado tanto escaparse cada noche por la ventana de su cuarto que daba a la calle, cuando todos dormían, para salir a destripar gatos por ahí con el cuchillo de cocina con mango de madera y remaches dorados, seguro que su mamá no se habría preocupado de esa manera.

Ella era así. Se amargaba la vida por cualquier tontera y no había forma de convencerla que no se hiciera tanta mala sangre ni se tomara la vida tan en serio. De nada servía decirle una y otra vez que la mayoría de los problemas tenía solución. Como no había nada que hacer, él le dio el gusto y guardó el cuchillo de cocina con mango de madera y remaches dorados en el segundo cajón de la cómoda de su cuarto, envuelto en un repasador a cuadros rojos y blancos.

Si no lo hubiera hecho tan pero tan feliz jugar a los incendios. Si no hubiera quemado la jaula llena de pajaritos que la abuela tenía en el fondo de la casa, al lado del gallinero que dicho sea de paso, se salvó de milagro, seguramente su mamá no le habría llamado la atención con tanta severidad, pidiéndole que reflexionara y cambiara su conducta de una buena vez.

No soportaba verla llorando por los rincones. Se restregaba los ojos y se frotaba las manos todo el tiempo nombrando a papá que hacía años se había ido de la casa sin avisar, de un día para el otro. De nuevo, para no verla así, él le dio el gusto a su mama. Puso el bidoncito con querosén y la caja grande de fósforos de madera en el placard, al lado de los zapatos de ir a la escuela.

Si no le hubiera divertido horrores echar sal en el lomo de las babosas, mirarlas hasta que se quedaban secas y arrugadas como pasas de uva, pincharlas con un palillo cuando definitivamente se quedaban quietas y ponerlas de adorno en la ikebana del centro de mesa del comedor de diario, seguramente su mamá no habría tenido la pésima idea de prohibirle ver tele después de almuerzo, justo Tom y Jerry, su programa favorito.

Ella tenía toda la razón del mundo cuando decía que no había que hacer esas cosas y también tenía razón cada vez que levantaba los ojos al cielo y rogaba a Dios que se apiadara de ella que había nacido para sufrir y que su vida era un calvario. De nuevo, para que no padeciera aunque fuese por una vez, él le dio el gusto a su mamá y acomodó los palillos y el salerito de vidrio con tapa de metal y unos arroces al fondo en el cajón de su mesa de luz, detrás de la pila de figuritas de jugadores de boca.

Si no le hubiera parecido genial colocar con cuidado y sin que nadie lo descubriera hojitas de afeitar de canto en los toboganes, en los sándwiches de queso y en los bancos de la escuela, seguro que su mamá no habría decidido mandarlo a la cama sin postre por primera vez en su vida. Mala idea justo ese día que había panqueques con dulce de leche.

Todo tiene un límite, dijo ella enojada. El bajó la cabeza y le contestó que tenía razón.   

Esa noche, cuando todos dormían, buscó sin hacer ruido el cuchillo de cocina, la caja de fósforos, el bidón de querosén, el salero, los palillos y el paquete de hojitas de afeitar.

Abrió con mucho cuidado la puerta de su dormitorio y en puntas de pie fue hasta el cuarto de su mamá y uno a uno, empezó a darle todos los gustos.

 
‘Los asesinos en serie no distinguen el límite entre el bien y el mal. Su incapacidad para experimentar emociones es semejante a la que le ocurriría a una persona normal frente a la muerte de un insecto’ (Hartmann)
(Imagen tomada del post ‘serial killers’ de www.beeborjas.blogspot.com)
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