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Algo parecido al aire entraba reptando en los pulmones, con lástima como una limosna. Las manos se ponían pegajosas y la espalda caliente y mojada se curvaba sobre el libro de anatomía a las tres de la tarde de un febrero tucumano, con el sol pesando en la piel como una plancha al rojo vivo.

Veía los dibujos. Azules las venas y rojas las arterias. El cuerpo trozado por un carnicero minucioso y detallista, tan diabólico como para que no se noten las marcas del cuchillo. Más oscuros, color ladrillo, los músculos y de un gris claro los huesos y las articulaciones. Leía y se tanteaba la piel, tomando puntos de referencia y se reconocía de a partes como quien arma un rompecabezas.

De tanto en tanto, cerraba los ojos para tratar de recordar lo que leía, pero sentía que el ventilador le hacía volar los dibujos a cualquier parte, lejos. Volvía de nuevo. Lo intentaba y una vez más se volaba  lo que intentaba hacer entrar en su cerebro. Otra vez lejos.

Miraba la pared blanca llena de dibujos y apuntes pegados al azar con chinches. Cada uno era un pedazo de cuerpo. El los había ido arrancando uno a uno y ahí estaban, fuera de su sitio y clavados al azar con chinches en la pared del altillo las hojas de ese libro de anatomía que se resistían a entrar en su cerebro con la misma fuerza con la que se empeñaba en salir el plato de fideos con tuco ácido del almuerzo en la pensión que se trepaba a la garganta y le llenaba la boca con un gusto a cebolla y aceite rancio.

Se levantó para ir a comprar cigarrillos. Ni un alma en la calle. El resplandor que enceguecía como un inmenso papel de aluminio. De vez en cuando pasaba un auto y las gomas despegaban el alquitrán derretido. No tenía noción del tiempo y le pareció que tardaba una eternidad para recorrer tres cuadras hasta el kiosco de la avenida, el único abierto a esa hora cruel en la que la gente sana se refugia en las casas. Un Camel y dos caramelos de vuelto. El regreso menos penoso por la compañía de ese humo cómplice que distraía la mente de todo, menos del calor de Tucumán que salía como latigazos de las paredes cada vez que pasaba por una casa con el aire acondicionado encendido.

Ni una nube. Nada. Celeste puro y aire quieto. Se volvió a sentar frente al libro y el ventilador le devolvió una ráfaga de aire caliente y sólido. Veía los dibujos como por un vidrio de baño, pero seguían igual de azules las venas, igual de rojas las arterias, igual de color ladrillo los músculos e igual de grises los huesos y las articulaciones. Las letras se movían, perdían los contornos y no significaban nada. Costaba meter en el cerebro tanto nombre, tanta descripción y tanta referencia. El ventilador hacía su trabajo y de a poco se volaron más dibujos y más letras hasta que la hoja quedó en blanco. El papel le hacía arder la mano y se le iba evaporando el cuerpo. No sentía sed, pese a que estaba empapado, con la ropa pegada a la piel como una funda. Arrancó el cable del enchufe, saltaron unas chispas y el ventilador se apagó.

Paseó la mano por la frente y le quedó la palma mojada. Estaban mojados los pantalones, la camisa y no quedaba mucho aire cerca como para ir respirando hasta que se fuera la siesta. El ventilador ya estaba apagado, pero igual los dibujos y las letras se le seguían volando.

Faltaban menos de tres días para el examen y si no aprobaba perdía el año y las cosas en su casa, allá en Salta, no estaban como para esos lujos. Los viejos fueron claros de entrada. No mantenemos vagos. Vas a tener que andar muy bien en la Facultad para que te sigamos ayudando. No era mucho lo que llegaba por mes. Alcanzaba para la pensión, las fotocopias y el colectivo. Los puchos se los rebuscaba vendiendo apuntes desgrabados de las clases o cuidando viejos enfermos por la noche.

Tres días para que abran la mesa. Por mi apellido debo tener como cien delante y en esta mesa no se borra nadie. Toman a no más de veinte por día. En una de esas zafo hasta el otro lunes pero igual si sigo así me van a meter la goma porque no tengo idea.

Se levantó de nuevo y fue hasta la cocina a tomar un poco de agua que salía turbia, caliente y con gusto a tierra. La escupió en la pileta. Abrió  la heladera y lo cacheteó el olor rancio de una caja de leche pasada. Eso, un de tomates arrugado, media planta de lechuga marchita y a lo sumo una cucharada de café en el frasco, era lo que quedaba. La botella de agua estaba vacía como siempre.

Abrió el primer cajón del aparador y sacó un cuchillito de sierra con mango de madera.

Era increíble. Se veían azules las venas, rojas las arterias, color ladrillo los músculos y grises las articulaciones. Miraba y recordaba, miraba y recordaba, hasta que la vista se le fue nublando, todo se puso negro y los dibujos se le fueron para siempre junto con el calor de la siesta.  

Vincent Van Goh (1853-1890) Siesta

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