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Era como si la luz le dejara en el alma el secreto de los contornos y las sombras y desde allí él cosechaba esas formas como frutas maduras y las dibujaba con los dedos en el aire para romper la quietud alevosa de su pueblo donde a la siesta hasta el viento se detenía y no había escape posible cuando el calor aplastaba los techos de chapa y espantaba las ganas de respirar. Caminaba las calles de tierra, levantaba nubecitas de polvo flojo y de a ratos miraba al cielo hasta que el sol le encendía chispas en los ojos. Sacudía la cabeza, hacía una mueca tan distinta de una sonrisa como un puño de una mano abierta y hundía las manos en el aire para seguir dibujando. De esas manos salían fuegos artificiales que  salpicaban colores que se mezclaban sin control y concebían tonos nuevos nunca vistos. Así andaba por las calles en las tardes de sol de ese pueblo perdido donde el invierno no tenía lugar para quedarse. 

Acariciaba la luz con los ojos. La seguía con la paciencia del que no entiende de relojes y la esperaba escondido en un pliegue de sombra, hasta que ella se posaba en las cosas con la gracia de una mariposa inmaterial. La acechaba como un depredador con el hambre despierto. Pocas veces llegaba a atraparla y se conformaba con verla de cerca y suponer esa caricia que entibia los ojos. A veces la retenía un instante, suficiente como para que todo tuviera otro significado. Pocos están preparados para capturar la luz y casi ninguno sabe que lo ha logrado porque cuando los ojos reciben el mensaje, ya no quedan rastros de ella. Sólo una especie de recuerdo que le pone hebras de música a la memoria.

Recorría la luz desde que se quedó encerrado dentro de un cuerpo que odiaba. Veía al mundo pasando delante suyo sin detenerse, como un tren de imágenes vacías que no se agotaba con el tiempo. Se acostumbró a que todos pensaran que no entendía y él mismo tampoco tenía claro si era capaz de entender, pero sí se daba cuenta de lo posible y lo imposible. Tenía la esperanza que alguien cesara su marcha y le acercara un pedacito de piel, así su propia piel aprendía ese calor desconocido. Se daba cuenta, pero no tenía palabras ni había modo de arrancarlas de adentro, donde gobernaba el silencio. No brotaban las palabras ni cuando se golpeaba una y otra vez la cabeza o el pecho, hasta que las manos se abrían como una flor rezagada y quedaban así, vencidas, péndulas y rojas de sangre detenida.

Podía adivinar el color de cada noche, cuántas estrellas estaban invitadas y cuántas de ellas acudirían para iluminar la más suya de las horas. Desde pequeño era capaz de ver las estrellas en pleno día y supo que detrás de la claridad de una mañana de verano seguían titilando las luces de la noche para el que supiera mirarlas y así alargar esa paz que tenía los minutos contados apenas empezaba a amanecer y el día se transformaba en un destructor de tiempo.

Sabía los nombres de las cosas, hasta de las que no tenían nombre. Podía inaugurar palabras y las soltaba al aire como palomas que se posaban en los oídos de la gente con la magia de lo que no existe. Poco a poco, esas palabras tomaban sentido, se adherían a las cosas que debían nombrar y a partir de entonces un pedacito de mundo nuevo estaba listo para ver la luz y entonces, recién entonces, se reía con todo el cuerpo, le brillaba el alma y se le notaba en los ojos que adentro le bailaba la alegría,  libre y sin necesidad de explicaciones. La risa se deslizaba de la boca como una cascada de montaña y se desplegaba igual que un ala mágica que invitaba a volar y protegía del dolor y la tristeza que no podían con él y terminaban yéndose sin rumbo cuando reía de ese modo.

Con tiempo aprendió el oficio de idiota y el arte de pasar por idiota, apagando los ojos apenas los hombres inteligentes se acercaban para mirarlo con su interés zoológico porque estaban seguros que no eran como él y por eso podían mirar sin miedo a hundirse en el abismo negro y vacío donde no cabe la conciencia. Venían de todas partes porque había corrido la voz de que un idiota estaba disponible y en esos tiempos en que tantos niños inteligentes brotaban de los vientres de sus madres, en esos tiempos, un idiota era algo muy raro, tanto que valía la pena viajar lo que fuera para ver con ojos propios lo que la gente contaba como una experiencia maravillosa. Era importante para todos saber que el otro era distinto, tanto que no existía la menor posibilidad de ser igual que él.

Parecía mentira que tantos hombres y mujeres inteligentes se quedaran tiesos como estatuas mirando al idiota que les cambiaba la cara sin que se dieran cuenta, hasta que después de unos minutos, cientos y cientos de ellos con una cara nueva de idiota, miraban al hombre inteligente que con el dorso de la mano se había secado el hilo de baba que hasta un segundo antes se deslizaba por la comisura de sus labios y quedaba pendiente en el aire como un hilo filoso y plateado.

René Magritte (1898-1967) El falso espejo, pintado en 1928

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