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Caminaba por el living y parecía que el aire se iba acostando en el piso para recibirle mejor los pasos. Fue hasta la ventana, cortó una tajada pequeña de lluvia y la puso con cuidado en la máquina de hacer lágrimas porque tenía los ojos apergaminados y secos de tanto tiempo de llorar sin tregua.

Se acercó al espejo para encontrarse y de paso recordarse mientras el tiempo estiraba las esperas elásticas hasta el límite de la tensión para dejarlas largas como eran largas las horas de minutos largos y resbalosos que le tapizaban el día y al final la dejaban a la sombra de su sombra, opaca y presa. 

Afuera seguía lloviendo y adentro arreciaba la sequía que ayudaba a desplegar los fantasmas.

Ella soñaba que soñaba cuando creyó escuchar el ruido del auto que traía al dueño del nombre que había estado creciendo todo este tiempo en los rincones de la casa como una enredadera. En medio de la noche, alcanzó a intuir las trazas de calor en el quicio de las sábanas que hacían material la solidez filosa de su presencia.

En una pausa de la lluvia, la luna entrometió su cara despareja y mordisqueada a través del ventanal de la habitación.

Julia miró la foto de él que estaba en la oficina mirándola a ella y se acarició el vientre justo en el instante en que comenzó a sonar el teléfono.

Todo estaba decidido y sabido antes de descolgar. Una reunión urgente. Impostergable que disimulaba otros encuentros intuidos desde el fondo de una duda tan enorme como flamante.

Julia se acarició de nuevo el vientre antes de levantar el tubo para asegurarse que su hijo fuera aprendiendo que muchas veces, la mayoría de las veces, la intensidad y el tiempo terminan por divorciarse y toma cada uno caminos divergentes, sin posibilidad alguna de reencuentro.

Le pareció helada esa voz remota, desconocida y absolutamente ajena que avanzaba como una serpiente desde el otro lado de la línea. Pese a todo, trató de descifrar las palabras que le estaban asaltando los oídos.

Recién pudo llorar con su hijo puesto, cuando le dolieron los pasos que se quedaban pegados en las baldosas heladas del piso de la morgue.  

¿Qué habrá del otro lado de la puerta?

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