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 ‘Los cuentos de hadas no les dicen a los niños que los dragones existen. Los niños ya saben que los dragones existen. Lo que hacen los cuentos de hadas es decirle a los niños que se puede con los dragones’ (J.K Chesterton)

                 Lo primero que hacía apenas se despertaba cada mañana era recordar lo que había soñado la noche anterior. En detalle reescribía todo en su memoria porque nunca se le ocurrió que podían haber en un sueño cosas importantes y cosas que no lo fueran. Se grababa colores, texturas, voces, matices, gestos y movimientos de la infinidad de personajes que tenían la costumbre de visitarlo cuando dormía. Había buenos y malos, los que ganaban una noche perdían a la siguiente o más o menos así porque de acuerdo con sus cuentas, la puntuación venía pareja y no había aún un triunfador indiscutible. Volvía sobre sus pasos cerrando los ojos para asegurarse de no haber olvidado ni el más insignificante detalle y así, casi al mismo tiempo que se llevaba el último bocado de tostada con jalea de membrillo y el último trago de café con leche tibio, con una sincronía perfecta, el sueño estaba reconstruido por completo y recién entonces se sentía seguro para salir a la calle y marcar la diferencia.

                Había mañanas que tenía la sensación de que con el sueño era suficiente como para que el mundo dejara de ser el mismo, de tal suerte que aquí y allá empezarían a notarse las evidencias de inmediato. Todos podrían verlas sin esfuerzo y flotaría en el aire la sensación de que ese comienzo era por fin un verdadero principio de las cosas y no como antes, como otros días en los que el amanecer sólo significaba un número más en el calendario. Esa certeza que sólo él percibía, era resultado de sueños potentes y bien definidos, con personajes conocidos, pero que actuaban de manera diferente, al menos en la trama que él urdía con temple obsesivo cada mañana y eso era conveniente porque sorprendía ver abriendo las jaulas de los pájaros a quienes odiaban la libertad, acariciando el lomo  de los libros mientras disfrutaban ese olor a papel encerrado a quienes perseguían a los poetas porque los creían culpables de que los espejos dijeran siempre la verdad. El tirano se vestía de demócrata y se llenaba de ese entusiasmo febril de pensar en el otro para empezar a construir y por allá aparecía en medio del sueño el ignorante que jamás faltaba a la cita, pero esta vez restregándose los ojos después de haber trabajado duro para aprender.

                Un día se soñó a sí mismo, repartiendo alegría con la torpeza estudiada del payaso, sacándole la máscara al perverso que engañaba a la gente, arrancando el látigo de las manos de esa bestia que disfrutaba lastimando a los más débiles y descubriendo todas las ollas de oro que había en los extremos del arco iris para que el oro dejara de ser un problema, así como los perversos y las bestias. Se soñó en medio de un mundo en que los mejores eran mejores y los otros buscaban cómo imitarlos para no quedarse afuera. Se soñó a sí mismo con manos que aplacaban el infierno de la enfermedad, vestido de blanco, con los ojos tranquilos, la voz firme y todo el tiempo del mundo para acompañar a tanta gente sola y para barrer con el mágico poder que da un par de palabras directas al centro del alma, las sombras de duda que se agazapan en lo más profundo del que sufre. Se soñó siendo el primero que toca a un niño que llega y el último despidiendo al que debe irse. Sin rencores ni resentimiento, porque uno y otro son hechos y el ciclo debe funcionar de esa forma porque no hay otra manera de ver la vida que a través de los ojos que se abren por primera vez y de los que después de haber caminado el trecho que pudieron, de puro cansados, se cierran para siempre.

                Se despertó y ese día no hizo falta reconstruir detalles, nombres, voces y texturas, colores, miradas y escenarios. Sólo bastó reconocerse en el espejo, calzarse el ambo, colgarse el estetoscopio al cuello y salir con su mejor paso posible a través de la puerta que daba al pasillo de la sala de Clínica Médica del hospital, donde aguardan los que necesitan y donde el dolor se alivia con esperanza.

Madre Teresa de Calcuta (1910-1997)

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4 pensamientos en “Fábula

  1. Hermosos sueños, fábulas que por suerte en algunos casos alguien toma la posta y las hace realidad…lástima que no abundan…como siempre, hay que saber aprender y aprehender de las fábulas.Un abrazo

  2. Hermoso relato sobre la vocación. Ese “llamado” que suele aparecer alrededor de la adolescencia, que con el correr del tiempo y las viscisitudes a veces se va acallando, pero que en un sueño nos vuelve a dotar de la espada y la armadura para enfrentar otra vez a ese dragón del sistema.
    Besos

  3. Yo propongo que todos los que conservamos esa mística no dejemos de soñar para que tengamos la capacidad de soportar ese “examen” diario y a la vez tener esa sensación irremplazable del deber cumplido.
    saludos

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