Home

En su cumpleaños número 80,  justo en el momento en que tiraba el aire con todas sus fuerzas para soplar las velas, Don Atilio

se dio cuenta que se le humedecía el calzoncillo, sintió que unas cuantas gotas de pis habían sorteado el control y se esparcían por la tela de toalla de su slip, más rápido a más soplaba y le dio angustia porque no podía detener el ritual de espiración forzada al compás de ese coro tan desafinado como cariñoso que debería rematar toda fiesta de cumpleaños. Más los 80 que son un número tan trascendente, sobre todo para la familia y Don Atilio que se mojaba sin poder evitarlo, sintió por primera vez en su vida una sensación fea que le apretaba el pecho y empujaba para el lado de la garganta las ganas de llorar a los gritos. No podía. Menos delante de los hijos, de los nietos, de los bisnietos, del único hermano que le quedaba vivo, mientras lo miraba separando su imagen conocida de la nube algodonosa de las cataratas. No podía llorar y decidió hacer fuerza para abortar el goteo mientras soplaba las velas que increíble o milagrosamente se iban apagando una a una. Gracias a Dios nadie tuvo el mal gusto de poner esas que se prenden solas. La maniobra no fue del todo exitosa y Don Atilio sintió con claridad que el pantalón comenzaba a absorber con avidez la humedad que rezumaba incesante del calzoncillo. Resignado, optó por la excusa de la edad, el argumento del cansancio y el saludable refugio de la silla y ocultó la mancha delatora debajo del mantel blanco de la mesa familiar larga y repleta de actividad.

Sin aviso, se vio transportado a una suerte de realidad paralela en la que su hija mayor le decía con toda la sutileza de la que era capaz que tenía que controlar mejor la puntería porque dejaba el baño hecho una inmundicia y de nada habría servido decirle que la vista no era la de antes y que esas gotas después del chorro miserable no tenían otro lugar que el piso o el calzoncillo. De nada habría servido pedirle disculpas porque de vez en cuando no levantaba la tapa del inodoro y la dejaba toda salpicada porque ella, como buena hija mayor, le habría contestado que era evidente que se olvidaba de casi todo y encima no hacía caso y no tomaba las vitaminas. De nada habría valido intentar convencerla que no era distracción, sino que algunos sonidos se le confundían y por eso la tele de su cuarto estaba siempre con volumen alto y tal vez esa era la razón por la que no escuchaba cuando lo llamaban a comer. Tal vez hubiera sido bueno que ella se enterara que le costaba un poco tragar las cosas secas aunque las masticara muy bien (o lo mejor que podía con la prótesis) y entonces se demoraba y los ponía nerviosos a todos que andaban por el postre mientras él luchaba ruidosamente contra las últimas cucharadas de sopa. En una de ésas hubiera bastado con reconocer que ya no tenía la facilidad de siempre para caminar y necesitaba el bastón que lo ayudaba a pensar menos en cada paso y concentrarse en mirar adelante para no tropezar y caerse como en Año Nuevo, cuando todos terminaron en el Sanatorio esperando que su placa de cadera fuera normal (o al menos eso le decían) y el sintió que le echaban la culpa por haber arruinado la fiesta a las once y media de la noche del treinta y uno.

Volvió de ese mundo así como se había ido y de pronto la idea del oftalmólogo pidiendo interconsulta con el urólogo que lo derivaba al cardiólogo que sin la intervención del neurólogo no iba a hacer nada y mientras tanto, la audiometría, el ecocardiograma, la resonancia nuclear magnética, los análisis, el campo visual, el fondo de ojo, otros análisis, las radiografías, el prequirúrgico para la operación de próstata, otros análisis porque tenemos que descartar que no sea diabético y otro electrocardiograma porque el que se hizo ya tiene un mes y sentado con cara de indefenso en el consultorio del neurólogo que le preguntaba por la resonancia y el trataba de imaginar cómo una resonancia podía caber en una carpeta pequeña que decía ‘ecocardiograma Doppler color’ y vuelta a empezar y otros análisis y Don Atilio que sin avisarle a nadie se corría con dificultad hasta la farmacia de la esquina para conseguirse una paquete grande de pañales descartables para adultos. Santo remedio.

Rene Theophile Hyacinthe Laennec (1781-1826) Se le atribuye en 1816 la invención del precursor más directo del estetoscopio (o fonendoscopio) actual. En la ilustración se observa al Dr. Laennec auscultando la espalda de un niño

Anuncios

2 pensamientos en “Don Atilio

  1. Al leer “Don Atilio” me preguntó que están buscando nuestros pacientes añosos ¿ qué le dejemos su máquina casi a la perfección como antaño ? o simplemente que los ayudemos a transitar los últimos tiempos en forma apacible. saludos

  2. Te hallo razón y te agradezco la reflexión, Oli. Todo un tema este de asumir el paso de los años y en algunos casos tratar de detenerlo de manera artificial hasta quedar transformados en una máscara patética e inexpresiva, pero sin arrugas ni piel laxa. Creo firmemente que la primera y última etapas de la vida de una persona son períodos de acompañamiento por parte del médico, en el primer caso para ayudar a comenzar la vida con ventajas y en el segundo, para atenuar las desventajas y las incomodidades del final.
    Además: Qué bueno sería comenzar toda relación médico-paciente tratando de agotar los medios para averiguar qué necesita realmente la persona que acude a nosotros

    Que estén bien

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s