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Hoy no es un buen día porque un niño se ha ido para siempre. De entrada dan ganas de creer que Dios se debe haber tomado licencia sin goce de haberes o no hizo bien su trabajo y se le escapó de las manos una muerte innecesaria. No sale decir eso de Dios porque es mejor y más cómodo culparlo cuando la muerte nos arrebata un niño de las manos y lo hace aunque le pongamos delante todos los obstáculos habidos y por haber porque es indiscutible que cuando la muerte juega en serio, invariablemente gana porque entra al partido con la  ventaja de que o tiene nada que perder y se va a llevar el punto a la corta o a la larga. En relación a la muerte, se trata de que la culpa la tenga otro. No importa quién ni a qué precio porque en estas situaciones es muy raro que alguien cobre y más raro aún que alguien pague. Se complicó. Se descompensó. Hasta hace un momento estaba lo más bien, decía uno mirando fijo la tele. Debe ser por el problema renal que tenía o en una de ésas la anemia porque se lo veía bien pálido. Desde hace como una semana estaba pálido. Parecía papel, decía el nuestro amigo el fiel televidente que estaba cada vez más absorto en la pantalla y más ausente de lo que sucedía alrededor. No fuera cosa que se manchara el guardapolvo cuando empezara a salpicar la culpa. En esa instancia, había dos opciones, la evasión o la transferencia. Si no nos interesa lo que hay en la tele a esta hora, le echemos pues la culpa a  otro. Seguro que la madre estaba más preocupada en pintarse las uñas que en traernos al changuito a tiempo. Vos viste la pendeja lo que era. Ni le importaba. Brillante idea. Una madre soltera no puede ser inocente. Ideal para depósito de reproches. Siempre funciona y hay consenso en ello. Esas mocosas no saben lo que hace y cuando se encuentras con tres meses de falta, ya es demasiado tarde. Funciona. Duro con ella, duro con esa irresponsable que creía que somos magos. No somos magos, decía otro muy a propósito del hilo de la charla, en un alarde de coherencia discursiva, hacemos lo que podemos (de lo que debemos no se hablaba por el momento) y emitida la sentencia sobre el heroísmo médico que como todo tiene límites, daba vuelta la hoja del diario mientras en el pasillo del sector de consultorios externos, un mundo de gente se doraba a fuego lento en pleno verano norteño, esperando a que los doctores se dignaran atender la enorme cantidad de estupideces que había anotadas. Uno de los médicos fumaba apoyado contra la ventana y tirando el humo afuera, como si esa actitud hiciera menos asqueroso el hábito, a la vez que de ese modo le faltaba menos el respeto a los carteles de prohibido fumar y de hospital libre de humo que había por todas partes, sobre todo en la vecindad de las salas de médicos. Seguro que el noventa por ciento de los que están afuera no tienen nada, decía el iluminado y daba vuelta otra página del diario haciendo equilibrio con el mate.

La enfermedad nos quitó un niño y nada ha cambiado. No se nota en el ambiente ni una pizca de dolor ni se percibe en el aire el menor dejo de tristeza porque una cosa es admitir que la muerte es un hecho que se relaciona íntimamente con la vida y otra muy distinta es quitarle toda la estructura afectiva que le da trascendencia. Una muerte y sobre todo la de un niño, es mucho más que una batalla perdida, mucho más que el recordatorio de que los médicos somos humanos y tenemos límites, mucho más que una sensación hueca que se instala en el pecho de los que todavía creemos que la muerte tiene un lado triste. Después de la primera ráfaga de dolor, puede llegar a aparecer la calma, el espacio de reflexión y de consuelo, pensando que sobre especialmente los niños, más los que han sufrido demasiado, tienen un lugar de privilegio allí donde nada puede hacerles daño y donde ser niño es de verdad una ventaja. Después del dolor y después de que la tristeza decanta en la base del alma y se queda quieta como una niebla semisólida, ahí vendrá la madurez de la asunción, el momento de relegar la bronca, la impotencia y las mil preguntas que surgen, para adoptar, ahí sí, la postura de la resignación que no es más que la base sobre la que se construye el día de mañana y los que siguen, por lo menos hasta que el dolor que corta el alma en dos, vaya perdiendo el filo por sí solo, a fuerza de tiempo, amor a los que quedan, respeto al que se fue y paciencia, mucha paciencia.

Así debería ser. El universo debería acusar el golpe por lo menos cada vez que un niño muere y sería interesante que aunque sea crujieran un poco las estructuras, el tiempo se desviara de su marcha lineal por un instante y se perdieran transitoriamente los puntos de referencia. Qué bueno sería ver un universo conmovido, inestable y suspendido en su propio dolor, pero es imposible, se ha demostrado que las leyes son supremas y los ciclos inmutables. Después de la muerte de un niño, un segundo sigue durando el mismo tiempo que siempre y las mismas caras nos dicen las mismas cosas que antes de esta tragedia tan sencilla como irreversible. Las cosas más cotidianas le ganan la pulseada al dolor y se mantienen sin cambios. La cafetera eléctrica del estar de médicos respira el mismo olor a café quemado y las revistas siguen abiertas en la misma página que ayer, que días anteriores, sin que nadie se preocupe al menos de limpiarles el polvillo delator que se junta de a poco hasta sepultar mucho más que simbólicamente los textos que se supone debemos leer día tras día. Los papeles siguen desparramados por ahí, esperando que aparezca alguien y tome la decisión de echarlos al cesto de una vez por todas. Un informe de biopsia reposa mezclado con un folleto que anuncia la llegada del mejor complejo vitamínico de la historia de la medicina, recetarios del hospital al lado de talonarios de descuento que dejan los visitadores médicos para ayudar a la gente y ni rastro de dolor por el niño que se ha ido. Las huellas las barre el tiempo y la necesidad de que no se note la muerte. A cualquier precio debe desaparecer todo indicio para que no haya riesgo de dolor, de toma de conciencia, de angustia, de tristeza, de sentir que el alma se parte en mil pedazos y no tiene arreglo. A no preocuparse porque de eso, de sentir todas esas coas se debe estar ocupando la madre, pero después de pintarse las uñas, no antes, nunca antes de pintarse las uñas porque así son estas mocosas que no tienen idea lo que es traer un hijo al mundo.

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Un pensamiento en “Desierto

  1. Hola Guille… se me partió el corazón con tu historia, coincido con vos en que es inentendible porque tiene los niños que enfermar, deberia estar prohibido, algo tan desgarrador… pero mas desgarrador es ver la impasibilidad de quienes tiene “vocacion” de curar… hay tanta deshumanización…
    un beso grande… sigo tu blog a veces desde el silencio, pero con admiración por la fortaleza que tienen que tener para reponerse de embates como ese…

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