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Esto es importante porque de alguna manera se destierra la idea de que sólo hace falta no ser malo para ganar el reconocimiento y el espacio celestial (lo que podríamos denominar ‘canonización por omisión’, variante un tanto mediocre de la teoría del mal menor). La bondad no es una característica de descarte, sino una fortaleza activa que se debe entrenar, refinar, perfeccionar y en suma, practicar con toda la potencia para que no se atrofie ni se degrade como el cartílago articular de un anciano. Así como la perversidad y la malignidad se ejercen, así también la bondad debe ser profesada día a día, sin licencias reglamentarias ni descansos compensatorios ni permisos particulares. La bondad no es como la dieta que permite ‘escapadas inocentes los domingos’. Pensar que la ausencia de la contraparte negativa de una virtud hace que esta aflore y ocupe espacio sería lo mismo que creer que lo que no es blanco es negro, dejando de lado el amarillo, el rojo, el azul y sus matices y combinaciones, con lo que se lograría esquematizar la conducta humana bajo la figura de un péndulo con un solo ritmo y una sola distancia de arco de oscilación posible, práctica decisión con la que se evitan cuestionamientos. Lo que no es blanco es negro y viceversa, postulado sin resquicios posibles, dentro del cual lo único que queda es acomodarse dentro de uno de los compartimientos y esperar el momento indicado para moverse hacia el otro (si cuadra y conviene). Es cierto que se podría pensar que habrá quienes opten por uno de los dos polos y se queden allí, pero eso sería desconocer una de las características de la conducta que es la movilidad (elegantemente llamada dinámica). El estado vegetativo permanente, la inmutabilidad y la abulia o falta de impulso para ir hacia otro sitio podrían ser intentos de descripción de la muerte para quienes no creen en la trascendencia y en la eternidad, pero eso sí que es otra historia. No se trata hoy de discutir ese tipo de dinámica, las oscilaciones ‘aceptadas’ de nuestro compartimiento cotidiano porque ellas son las que en definitiva lo enriquecen. El tema es que no se puede simplificar la conducta humana como absolutamente bipolar en todo sentido, ya sea bondad/maldad (lo que no ocupa en este momento), tolerancia/intolerancia, violencia/pacifismo, manía/depresión porque insisto que entre los dos polos existe una serie infinita de matices que hace a nuestra especie única también en este sentido.

Volviendo a lo nuestro, de lo que no nos hemos ido del todo en ningún momento, la cosa viene entonces por el lado de los matices y lo que somos se puede asimilar a la paleta de colores con una gama prácticamente infinita de tonos que no son más que comuniones cromáticas entre pocos protagonistas, cuatro o cinco a lo sumo. Como se dijo antes, la base se ha ido adjetivando con el curso de la historia y así han surgido definiciones de afectos y defectos (pecados en algunas doctrinas), posesiones y carencias, fortalezas y debilidades que permiten ejercer la comodidad de las clasificaciones a las que somos tan proclives los humanos. Dentro de esta profusión de categorías, surgieron muchas que fomentaron y fomentan el prejuicio (de hecho comparten una porción importante de su genoma), referidas a personas y colectividades, de tal suerte que nos encontramos con conceptos sumamente difundidos que dictaminan que los gallegos son brutos, los ingleses muy educados (hasta lo exasperante), los escoceses amarretes, los alemanes soberbios, los irlandeses borrachines, los suizos puntuales, los franceses velludos (en realidad eso se dice de las francesas) y así sigue el listado hasta el infinito. Un prejuicio es un torpedo debajo de la línea de flotación que a veces impacta en barco que vienen medio averiados y a un palmo de escorar porque de prejuicio a juicio y de juicio a estigma hay un trecho corto que cualquiera puede hacer a pie sin agitarse en lo más mínimo. Los prejuicios al alcanzado a las profesiones universitarias con la misma contundencia que lo han hecho con las colectividades y de hecho ‘el médico comerciante’ (el abogado y el contador califican perfectamente, pero es más admisible el comercio en estos porque no ‘está en juego la vida’), el ‘ingeniero cuadrado’, ‘el sociólogo (antropólogo y filósofo se incluyen) contestatario, ‘el psicólogo retorcido’ no son precisamente condecoraciones que la sociedad les ha ido poniendo a sus profesionales (de los arquitectos prefiero no comentar nada porque se prestaría a una denuncia ante el INADI). Justo en este punto empieza a aparecer una de las herramientas para armar la definición de médico que según la mayoría los imaginarios sociales ‘convive con la vida y la muerte’ (un policía que hace un parte en el patrullero y a las horas se masacra a tiros con un delincuente también, pero parece que no da la talla como para ser incluido dentro de un grupo tan selecto).

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